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Son las instituciones, ¡estúpido!

Cony Stipicic analiza una semana que estuvo cargada de cuestionamientos y traspasos de responsabilidades: “Ya es inaceptable que políticos en el ejercicio de alguno de sus cargos arremetan con banderas y calculadoras. En año electoral, eso abunda y daña. El lenguaje populista y simplón que se usa para levantar pancartas va creando realidades. Y en el mundo de las redes sociales ya sabemos que éstas, a su vez, crean falsas verdades o verdades a medias”.

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Por: - 28 julio, 2017 - Comentarios

Nos estamos debilitando. Poco a poco.

En los últimos días han pasado muchas cosas que dan cuenta de que nadie –o pocos, y bien para callado- están pensando en el país y en su largo plazo. Por el contrario, son demasiados y diversos los que, sin importarles el impacto de sus dichos o a quién arrastren con ellos, simplemente disparan, desvían o dejan de hacer, esperando que sea otro el que pague la cuenta.

Esta semana se cuestionó e incluso acusó de montaje y conspiración a medios de comunicación que se equivocaron y lo reconocieron. Pero como si eso no importara, a puertas cerradas unos pocos evaluaron que en un caso se le podía sacar punta al lápiz electoral y, en vez de aceptar una disculpa, tiraron barro y ensuciaron a gente noble. Otros, aprovecharon de hacer gala de su resentimiento acusando amiguismos y defensas corporativas inexistentes.

Vimos también cómo dos temas relevantes para el presente y el futuro de Chile no han podido traspasar la barrera de la camisa de fuerza que impone el cortoplacismo y la falta de un estado moderno, que piense a 10 años plazo y gestione con cierta autonomía de los ciclos electorales. Impotencia da escuchar a Educación 2020 alargando los plazos para la gran reforma en 10 años más. Rabia, cuando en vez de una política de migraciones lo que tenemos es apenas carnet de identidad para niños extranjeros.

También en estos días el consejo de ministros dio luz verde a un relleno industrial en Til Til, siguiendo al pie de la letra lo que la institucionalidad ambiental establece. Pero muchos de los que hicieron gárgaras cuando esa institucionalidad fue violentada con el caso Barrancones, ahora parece que hubieran preferido que la Presidenta agarrara el teléfono y bajara el proyecto. Peor aún, avivaron la cueca de los habitantes del lugar que, con justa razón, no quieren más porquerías en su patio. Ellos están en su derecho, pero no podemos hacerles creer que reciben basura porque son pobres.

Ya es inaceptable que políticos en el ejercicio de alguno de sus cargos arremetan con banderas y calculadoras. En año electoral, eso abunda y daña. El lenguaje populista y simplón que se usa para levantar pancartas va creando realidades. Y en el mundo de las redes sociales ya sabemos que éstas, a su vez, crean falsas verdades o verdades a medias.

Pero lo que resulta más indignante es que el Contralor General de la República, sabiendo que es parte de una institucionalidad que debe funcionar y que hay que cuidar y también mejorar, la cuestione y contribuya a sembrar dudas. Eso hizo Jorge Bermúdez cuando, a sabiendas de que al día siguiente conoceríamos la decisión de los ministros sobre Til Til dijo en una seminario que en ese lugar “pusimos todo lo que no quiere la ciudad porque es una comuna pobre”. ¡Señor contralor!

Nadie pide que lo malo se barra bajo la alfombra y que se trampee para ocultar realidades.

Si no nos gusta, se cambia. Si quedó chica, se agranda. Si no se entiende, se explica. Pero las instituciones no se pisotean porque el coro lo pide.

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