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Por Marcelo Comparini 06.07.2009

El verdugo

En el debate acerca de la pena de muerte hay un elemento que se pasa por alto y que, por si solo, elimina los argumentos a favor de ésta. Se trata de El Verdugo.
Sí, el mismo que imaginamos, gracias a cientos de películas, con una capucha negra, una larga espada y una sonrisa de placer por su trabajo.

Me explico. Si existe la pena de muerte debe, por obligación, existir alguien (o varios) que cumpla (n) la sentencia. El verdugo debe asesinar, matar, ejecutar -da lo mismo el sinónimo- al condenado.

Sin embargo, nadie que apoya la pena de muerte se pone en el pellejo del verdugo. Lily Pérez no ha dicho: “Denme un arma, que yo misma termino con la vida de ese miserable”. Todos asumen que “alguien” lo tiene que hacer. El hecho concreto es que se pone a otro ser humano en una situación terrible. La de matar a otro. Y da lo mismo el método. Sea la horca, la silla eléctrica o una inyección letal. Siempre tiene que haber un verdugo.

Si se analiza bien, desde el punto de vista de quienes están a favor de la pena de muerte, el condenado merece morir porque cometió un crimen atroz, planificado, a sangre fría, tratando de satisfacer sus instintos más primarios y animales. Y ¿qué es lo que hace el verdugo? Justamente eso. Matar a otro ser humano de una forma aún más planificada, aún más fría y sin darle posibilidades de defensa. Para empeorar las cosas, el verdugo no tiene motivaciones personales. Lo hace porque es su trabajo, porque alguien se lo ordenó.

Siguiendo la lógica de la pena de muerte, entonces, el verdugo debiese ser también condenado a muerte, en manos de otro verdugo y así, hasta que sólo quedaría un ser humano en la tierra, sin un verdugo que lo mate, más condenado que todos los anteriores.

Qué quiero decir. Que matar está mal. Siempre. Da lo mismo a quién se está matando. Al más malo o al más bueno. Pero ¿y la defensa propia?, dirá alguien. En ese caso, convengamos, quién en una situación extrema se defiende para no morir, no planifica la muerte del agresor, sino que éste muere como consecuencia de la defensa. Y aún así, esa muerte igual está mal. El ideal es que no hubiese ocurrido.

Cuál debiese ser el castigo preciso para cada crimen o delito que se comete, ésa es otra cuestión.

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Etiquetas: 101 comentarios

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  1. Claudia Botello 23.09.2009 Reply

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