Solo hablo para matar

SOLO HABLO PARA MATAR
DE NIÑO pensaban que era autista. Pero no tenían dinero ni tiempo para ir al médico. A veces humillado, en la Universidad permanecía callado. Hasta que decidió hacerse oír

CARLOS FRESNEDA. Blacksburg (Virginia)

«Lo odio. Debo matar a Dick. Dick debe morir. Matar a Dick… Richard McBeef. ¿Qué clase de nombre es ése? El nombre de un imbécil. Y mira su cara, la cara de un imbécil. No me gusta su cara en absoluto. ¿No crees que puedo matarte, Dick? ¿No crees que puedo matarte? Toma. Uno en un ojo. El otro en el otro ojo… Adivina, Dick. ¿Quieres saber algo? ¿Quieres saber por qué no me gustas? No tienes dinero para mi mamá. Apenas ganas el sueldo mínimo. ¡Pedazo de mierda! Eras conserje. Eres un camionero. Mírate, todo gordo y flojo ¿Quieres que te llame papá? Ok, papá. Eres un imbécil» -EXTRACTO DE UNA DE LAS OBRAS ESCRITAS POR CHO SEUNG-HUI, AUTOR DE LA MASACRE EN LA UNIVERSIDAD DE VIRGINIA

Silencio. Cho Seung-Hui solía responder así: esquivando el bulto, humillando la cabeza, escondiéndose bajo una barrera impenetrable. Su abuelo surcoreano pensaba que el niño era mudo. Recién llegado a EEUU, con ocho años, le diagnosticaron como autista, pero sus padres no tenían dinero ni tiempo para llevarlo a una escuela especial o ponerlo en tratamiento. Se ganó la fama de tímido, torpe y taciturno. Sus compañeros le llamaban «la sombra», «el muro» o «el fantasma». Cuando intentaba leer en inglés, parecía que tuviera un hueso de aceituna en la boca. Sus compañeros de instituto le espetaban despectivamente: «¡Vuelve a China!».

Con 23 años, a su paso por la Universidad Técnica de Virginia, Cho Seung-Hui decidió sellar los labios. Y si se atrevía a abrirlos era para susurrar o musitar palabras sueltas, a veces inconexas, que resultaban difíciles de descifrar. Comía solo, no se comunicaba con nadie, dormía con la luz encendida. Escribía canciones y relatos macabros. Sacaba fotos a traición de sus compañeras y les escribía mensajes inquietantes. Se enganchaba día y noche a Internet, respondía con monosílabos a su colegas de cuarto. Cuando le preguntaban su nombre, replicaba secamente: «Question Mark» («Signo de Interrogación»).

Pocos sabían cómo sonaba su voz hasta el miércoles, cuando Cho Seung-Hui rompió el silencio desde la tumba, en esos vídeos cargados de ira que envió a la NBC a modo de diatriba y despedida: «Habéis tenido cien mil millones de oportunidades y maneras de evitar lo de hoy… Me habéis acorralado en una esquina y me habéis dejado una sola opción. La decisión fue vuestra. Ahora tenéis sangre en vuestras manos que nunca podréis lavar».

Cho Seung-Hui escribió el guión de su propia pesadilla americana. Se inspiró vagamente en una película surcoreana (Oldboy) y siguió el maléfico ejemplo de sus héroes en la vida real: Eric Harris y Dylan Klebold, los autores de la matanza del Instituto Columbine. Tenía 15 años cuando ocurrió aquello, y llevaba más de año y medio rumiando cómo sería su venganza personal, en el nombre «de los débiles e indefensos».

Entró en los lúgubres pasillos del West Ambler Johnston cuando casi todos dormían, y se ensañó con las dos primeras víctimas para que aquello pareciera un crimen pasional. La policía seguía una pista falsa, en el otro extremo del campus, cuando Cho entró con sus dos pistolas, la gorra calada y el chaleco lleno de municiones en el Norris Hall. Cerró con cadenas las puertas y se puso a disparar de aula en aula. Dejó un reguero de 30 muertos antes de culminar su acción suicida.

Entre y uno otro tiroteo, Cho se pasó por la oficina de correos de la apacible Blacksburg para dejar constancia de sus crímenes. El asesino se quitó la máscara en la escena final, en ese macabro epílogo que fue como una detonación calculada para justificar lo injustificable. Su venganza se convirtió en un perturbador espectáculo multimedia.

Ahora toca callar. O tal vez leer entre líneas e indagar en los silencios del muchacho que le susurraba a la muerte y que pocos llegaron realmente a escuchar…

Su historia está cuajada de enigmas, empezando por el de sus propios padres, cuya identidad fue un misterio hasta anteayer. Se llaman Cho Sung-Tae y Kim Hyang-Yim. Ni él intentó cortarse las venas ni ella quiso suicidarse con un atracón de pastillas (como informó en un primer momento Radio Corea de Los Angeles). Tampoco fueron hospitalizados en estado de shock.

Se encuentran simplemente bajo «protección cautelar», lejos de su casa en Centreville, en los suburbios de Washington. Cho Sung-Tae y Kim Hyang-Yim duermen todos los días en una casa distinta, ante el temor de posibles represalias. Con ellos se encuentra también la hermana mayor, Sun Kyung Cho, que se licenció recientemente en Princeton y trabaja como contratista para el Departamento de Estado que supervisa la ayuda a Irak. Fue ella quien, mediante un comunicado, rompió el hermetismo de la familia cinco días después: «Siempre fuimos una familia unida y pacífica. Mi hermano era callado y reservado aunque luchó por encajar en la sociedad. Nunca creímos que fuera capaz de tanta violencia. Haremos lo posible para ayudar a las autoridades a entender cómo pudo ocurrir algo así. Nosotros también tenemos muchas preguntas sin contestar».

EL ABUELO COREANO

Días antes, en Seúl, su abuelo Kim Hyang-Sik, de 82 años, fue el primero en romper la omertá familiar y proclamar con despecho: «¡Mi nieto era un hijo de perra! Fue justo que muriera con sus víctimas».

Su tía-abuela Kim Yang-Sun, de 85 años, también se refiere a él como «el hijo de perra», pero se muestra algo más comprensiva en declaraciones al Daily Mirror: «Cho era un niño solitario y muy callado, que siempre seguía a su padre y a su madre. Sólo respondía “sí” o “no”. No se dejaba abrazar. Nunca expresaba la menor emoción ni ningún sentimiento». «Empezábamos a temer que fuera autista: ésa era la gran preocupación de su madre», agrega la tía-abuela. «Cuando tenía ocho años, poco después de su llegada a América, la madre le llevó a un hospital a que lo vieran porque tenía dificultades para hablar. Le diagnosticaron como autista».

La familia, que llegó a EEUU en 1992 sin apenas ahorros, no tenía «ni dinero ni tiempo» para ingresar a Cho en una escuela especial o ponerle en tratamiento. Los padres habían vendido el pequeño negocio que tenían en Seúl -una tienda de libros usados- con la esperanza de dar el salto. Tardaron casi ocho años, los que tenía el niño, en regularizar los papeles. Cuando se instalaron en Centreville, tuvieron que meterse a trabajar los dos en una tintorería. De 12 a 14 horas diarias.

Kim Yang-Sun ha dado también algunas pistas desde Seúl para indagar en el impermeable mundo familiar de Cho. Su madre no se quería casar, pero su familia presionó para que lo hiciera porque tenía ya 29 años y se estaba haciendo «demasiado vieja para seguir soltera». Conoció al que luego sería su marido, 10 años mayor, en una «cita a ciegas» concertada por las familias de ambos.

El padre de Cho, según la tía-abuela, es un tipo «muy callado y muy serio, nada sociable, que nunca llegó a llevarse bien con sus suegros». Recién casados, se marcharon a Arabia Saudí, aprovechando el boom de la construcción y regresaron con unos ahorros. Compraron una casa, montaron su negocio. Ella se quería quedar para estar cerca de su familia, pero en la mente de él se fue forjando el mito del sueño americano, alimentado por dos millones de surcoreanos afincados en EEUU.

El choque cultural hizo mella en el pequeño Cho. Su hermana, Sun, tardó apenas un año en integrarse, en dominar el inglés y en destacar como lumbrera. El niño, sin embargo, cada vez hablaba menos y acabó arrastrando el estigma de «inadaptado» que tanto afecta a los inmigrantes asiáticos, que son además la minoría menos proclive a reclamar la ayuda de los servicios de salud mental. «Nuestra cultura no admite la enfermedad mental», declara al New York Times el antropólogo coreano Joseph Park. «La gente no reconoce que necesita ayuda porque es como una gran mancha en tu vida».

Cho Seung-Hui fue masticando sus problemas en ausencia de sus padres y en un ambiente escolar hostil y extraño. «No hablaba bien inglés y la gente se burlaba de él», recuerda Chris Davids, un estudiante de la Universidad Técnica de Virginia que compartió clase con el surcoreano en el Instituto Westfield. «Cuando nos tocaba leer en voz alta, él se quedaba en silencio. El profesor le amenazó con suspenderle y entonces intentó hablar. Lo hacía con mucha dificultad, como si tuviera algo en la boca… Había gente realmente mezquina que le insultaba y decía que se marchara a China».

Regan Wilder, de 21 años, también alumna de la universidad, llegó a conocerle incluso en la escuela media. «Cuando le preguntaban algo se encogía de hombros y rara vez pronunciaba dos palabras seguidas. Nunca hablaba en voz alta, sino que murmuraba. Una vez, en clase de español, nos hicieron grabar nuestra voz para ver como sonaba. Todos teníamos curiosidad por saber cómo hablaba Cho. El profesor no nos dejó oírlo; nos dijo simplemente que había entregado sus deberes».

GAFAS OSCURAS

Pese a los problemas escolares, Cho fue pasando mal que bien de curso y eligió Filología Inglesa en la Virginia Tech de Blacksburg, a unos 350 kilómetros de su nido familiar, junto a 26.000 estudiantes a los que siempre miró con sus gafas oscuras y con el mismo recelo que a sus viejos compañeros de instituto.

Bajo la fachada de bucólicos «santuarios de aprendizaje», los campus universitarios norteamericanos son auténticas ollas a presión, y el privilegiado Virginia Tech es uno de tantos. «Los campus pueden exacerbar las conductas extremas porque son mundos aparte y separados de la sociedad», advierte la psicóloga Dorothy Rowe. «Una persona alienada puede ser bastante más peligrosa en ese ambiente».

Cho dormía en las leoneras del Harper Hall, en un espacio de poco más de 16 metros cuadrados, donde apenas cabe una litera y un par de mesas y sillas. Pese a la apariencia exterior de castillo en la campiña, la vida en los dormitorios puede ser «muy claustrofóbica y estresante», confiesa Ari (prefiere no revelar su apellido) que vive en el vecino West Ambler Johnston Hall, donde arrancó el periplo homicida.

El estudiante surcoreano se hizo aún más hermético con el paso de los meses. Se pasaba horas con los cascos puestos, bajando música de Internet. Escuchaba continuamente Shine, de los Collective Soul, y también a Nirvana y a Led Zeppelin. Estaba abonado al videojuego ultraviolento Counterstrike y su película surcoreana de cabecera era Oldboy, 15 días encerrado y cinco días para vengarse…

John Elde, que compartió la celda monacal con Cho hace año y medio, no percibió la peligrosa devoción de su compañero por las armas, aunque admite que su comportamiento era muy extraño… «Costaba mucho sacarle más de dos palabras. La mayor confesión que me hizo era que tenía una novia imaginaria. Me dijo que la llamaba Jelly (Gelatina) y que ella le llamaba Sparky (Azotador). Nunca le vi salir con una chica».

Sus compañeras le conocían como «el Muchacho del Interrogante». Al principio les inquietaba su silencio y su expresión impenetrable. Empezaron a preocuparse cuando le dio por hacerles fotos por debajo de las mesas y enviarles mensajes firmados por Question Mark. Dos de ellas llevaron el asunto a la policía del campus en el otoño del 2005. Sus padres expresaron su preocupación por las tendencias suicidas, y fue así como Cho acabó pasando por un centro de salud mental y compareciendo ante un juez que estipuló que era «un peligro para sí mismo y para los demás».

Con la ley en la mano, la Universidad no pudo expulsarle ni hacer mucho más que permanecer vigilante. La profesora de Inglés, Lucinda Roy, decidió tutelarle y estipuló con la policía un código secreto al menor indicio de peligrosidad que nunca se activó.

Cho ya estaba en la lista negra del Departamento desde que escribió aquellas dos obras ultraviolentas Mr. Browstone y Richard McBeef. En la primera, un grupo de estudiantes decide matar a un profesor al que acusan de abusar sexualmente de ellos. En la segunda, un hijastro se venga de su padrastro pedófilo lanzándole dardos a los ojos.

Edward Falco, profesor de Escritura Creativa, tragó saliva: «Había mucha violencia en los textos, pero hay mucha diferencia entre lo que uno escribe y como se comporta… Cho no hablaba apenas, y cuando escribía era casi la única ocasión que tenía para expresarse. Hubo alumnos que expresaron su temor, aunque entre todos intentamos ayudarle. Su conducta era a veces preocupante, pero no teníamos una remota idea de lo que pasaba por su cabeza».

Tampoco sospechó nada extraño John Markell, el propietario de Roanoke Firearms, donde el estudiante adquirió el pasado mes de marzo una pistola Glock y cincuenta balas de 9 milímetros como quien compra casi un paquete de cigarrillos: «Me pidió la pistola, me presentó tres documentos de identidad y esperamos a recibir el visto bueno de la policía que tardó poco más de media hora. No noté nada extraño en su comportamiento. Mi hija también estudió en Virginia Tech. No le pregunté para qué quería el arma».

Estudiantes solitarios, de extracción media o media-baja. Pisoteados, perseguidos e insultados por sus compañeros. Arrastrando un tormento y acumulando una ira que en la mayoría de los casos se concreta en venganza. Con pensamientos suicidas y tendencias depresivas y paranoicas. Con fácil acceso a las armas que a veces tienen en sus propias casas. Capaces de planear el ataque hasta dos años antes de consumarse…

Hasta aquí el perfil de los pistoleros escolares que han trazado los Servicios Secretos a partir de 37 tiroteos en los últimos años, incluida la masacre del Instituto Columbine. El guión varía ligeramente, pero los protagonistas visten igual y sus mensajes enfermizos se parecen sospechosamente.

Cho Seung-Hui no hablaba inglés con la destreza que Eric Harris y Dylan Klebold, pero se desató por fin la lengua en su sangriento epitafio: «Teníais todo lo que queríais. ¿Vuestras Mercedes no eran suficientemente engreídas?, ¿vuestras cadenas de oro no eran suficientes, esnobs?, ¿todo esto no era suficiente para satisfacer vuestras necesidades hedonistas?».

32 INOCENTES, 32 SUEÑOS

Emily Hilscher, 18. Fue la primera víctima de Cho.

Ryan Clark, 22. Acudió en ayuda de Emily.

Jamie Bishop, 35. Profesor adjunto de Alemán.

Ross A. Alameddine, 20. Era un fanático de la música.

Kevin Granata, 46. Profesor de Ingeniería, era uno de los mayores expertos en biomecánica del país. Casado y con tres hijos.

Brian Bluhm, 25. Desarrollaba una tesis sobre los recursos acuíferos.

Austin Cloyd, 18. Estudiaba Relaciones Internacionales. Activa feligresa de la Iglesia Metodista.

Jocelyn Couture-Nowak. Profesora de Francés, deja dos hijas.

Daniel Pérez Cueva, 21. Emigró de Perú para conseguir un título universitario en Relaciones Internacionales.

Caitlin Hammaren, 19. Era una magnífica alumna. Apasionada de la música, tocaba el violín.

Jeremy Herbstritt, 27. Estudiaba un posgrado en ingeniería civil. Quería dedicarse al medio ambiente.

Jarrett Lane, 22. Becado en Ingeniería Civil. Era su último año.

Matt La Porte, 20. Se entrenaba para salvavidas. Se preparaba apra ingresar en el Ejército del Aire.

Henry Lee, 20. Su familia emigró de Vietnam cuando el tenía 5 años. Tenía un brillante expediente académico.

Liviu Librescu, 75. Superviviente del Holocausto, salvó a vairos de sus alumnos evitando con su cuerpo que el asesino entrara en el aula.

G. V. Loganathan, 51. Profesor oriundo de la India, adonde quería volver.

Lauren McCain, 20. Fan de las películas de acción, estudiaba Relaciones Internacionales.

Daniel O’Neil, 22. Se graduó entre los 10 primero de su clase en Ingeniería.

Matthew Gwaltney. Gran Jugador de baloncesto.

Rachael Hill, 18. Jugaba al voleibol y tocaba el piano.

Erin Peterson, 18. Se graduo en el mismo insituto que el asesino.

Michale Pohle, 23. Cursaba una especialización en Biología.

Juan Ortiz, 26. Puertorriqueño, llevaba un año casado.

Reema Samaha, 19. Asistió al mismo instituto que su asesino.

Maxime Turner, 22. Su sueño era dedicarse la cría de perros.

Mary Read, 19. Surcoreana, quería ser maestra.

Waleed Shaalan. Casado, un hijo, llegó de Egipto para titularse en Ingeniería.

Leslie Sherman, 20. Aficionada al atletismo, la Historia y los idiomas.

Julie Pride, 23. Muy sensibilizada con los problemas sociales.

Nicole White,20. Sus mayores pasiones eran la religión y lso animales.

Minal Panchal, 26. Nacido en India, quería ser arquitecto.

Partahi Lumbantoruan, 34. Se iba a doctorar en ingeniería. Su familia en Indonesia había vendido el coche y su casa para pagarle los estudios en EEUU.

UNA POR CADA TRES HABITANTES.

Cho Seung-Hui usó dos pistolas semiautomáticas en la masacre: una Walther calibre 22 (el modelo de la imagen) y una Glock 9 milímetros. Ésta última la adquirió, junto a una caja de proyectiles, por 571 dólares, el pasado 13 de marzo, en una armería de la cercana Roanoke. En EEUU hay 100 millones de armas en manos privadas, una por cada tres habitantes.

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