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22 Abril

Vuelta al colegio y una pregunta constante: ¿Cuál es la edad apropiada para que niñas y niños usen redes sociales?

La respuesta es que no hay un número exacto, pero sí diversos factores que se pueden evaluar dependiendo de cada menor.

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27 Febrero, 2023

Redes sociales como Facebook, Instagram, TikTok, Discord o Twitch establecen la edad mínima para crearse una cuenta a los 13 años, algo que muchos padres toman como referencia para dejar a sus hijas o hijos entrar a este mundo.

Eso sí, esto no se basa en ningún estudio sobre psicología infantil ni recomendaciones de expertos que apunten que a esa edad hay una madurez suficiente para hacer uso de redes sociales, sino que, desde esa edad las plataformas pueden vender los datos de los usuarios.

“Muchos padres de familia creen que la razón de que la edad mínima sea de 13 años es para proteger la seguridad de los niños, pero en realidad es porque la mayoría de estas plataformas difunde información —y la monetiza activamente—, y la ley no les permite hacerlo con usuarios que tengan menos de 13 años”, explicó en CNN Caroline Knorr, una experta en paternidad de Common Sense Media (organización estadounidense que educa sobre consumo digital).

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Edad para usar redes sociales

Luego de la pandemia aumentó el número de horas que los menores están frente a las pantallas, algo que ha costado revertir, por lo que hay muchas niñas y niños que ya tienen cuentas en redes sociales. Isadora Gonzalez, psicóloga especializada en adolescentes del Centro Cetep comentó en La Tercera que “no hay necesidad de que un niño o niña menor de 10 años tenga una cuenta en ellas”.

Para los expertos, menos de 12 parece ser una edad prematura para iniciarse en el mundo virtual. ¿Qué hay de los 13? Soledad Garcés, educadora y directora de la Fundación para la Convivencia Digital, apunta que es posible que a esa edad ya esté desarrollada la conciencia moral, la autorregulación y la capacidad de elegir. “Pero todavía es muy incipiente”, “yo no les daría acceso”.

¿Cuándo sería el momento?

Para saber hay que “conocer al enemigo”, es decir, entender bien cómo funcionan las plataformas, no enfocarse en la fecha de nacimiento del niño o niña ni si es que todo su curso o entorno ya las utiliza.

“Así como el pediatra te explica qué es lo que puede comer tu guagua a los seis meses y por qué, de la misma forma hay que comprender cuál es el negocio que hay detrás de las redes sociales antes de que los niños las ocupen: saber cómo se nutren de tus datos, cómo es el negocio de la publicidad contextual y cómo, a partir de los algoritmos, están pensadas para manipular tu atención e intereses”.

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Hasta hace algunos años, la información al respecto no estaba tan fundamentada, pero hoy sí, y también está cada vez más disponible. Uno de los ejemplos es el documental de Netflix “El dilema de las redes sociales”.

La adicción que provocan las plataformas no es un efecto secundario, sino que algo inducido e intencionado, a ellas les conviene tener un “enganche mayor”, es decir, que el usuario pase la mayor parte del tiempo posible frente a la pantalla.

Tener en cuenta: Madurez y sensibilidad

Un comportamiento esperable tras el confinamiento de la pandemia -pero no el más propicio para comenzar a explorar las redes sociales- sería “si vemos que el niño o niña tiene buena autoestima, que cumple con las tareas de la casa y el colegio, que se despliega también en otras áreas, entonces puede que esté más preparado”, dice Isadora González. “Pero si está siempre tirado en su pieza, sin hacer mucho, no aconsejo que pueda pasar tiempo ilimitado en las redes sociales”.

Según la experta, los padres deben evaluar la madurez de los menores y cómo lidian con sus emociones. Un preadolescente que se nota muy ansioso o desanimado, podría incrementar esos síntomas con las redes sociales, ya que tienden a comparar sus vidas con las de otros.

“Cuando en TikTok todos tienen la vida perfecta menos tú, te sientes tonta, pobre, gorda, fea y con una familia mala”, explica Soledad Garcés. “Eso te hace vulnerable emocionalmente y poco resiliente”.

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“Lo que entendemos por madurez en RRSS implica sobre todo bienestar emocional y autorregulación”, explica Garcés. “Si veo que un hijo de 13 años es capaz de respetar los tiempos de conexión y las horas de sueño, de valorar antes las relaciones sociales reales que las digitales, son señales de esa madurez”.

También lo es que tenga buena autoestima y valoración propia, como señala González, valores que servirán para distanciarse de los comentarios o contenidos negativos que abundan en las redes.

Acompañar

Si los padres ven que sus hijos están en condiciones de usar redes sociales, sería un error dejarlos solos en ese territorio: “Los padres deben estar involucrados”, dice la psicóloga Isadora González.

Esto quiere decir:

  • Saber qué redes sociales ocupan: Por ejemplo, si va a utilizar Instagram, “hay que dejar muy en claro que no todo lo que se ve ahí es real”. Desde el otro lado, apunta que TikTok sería una buena entrada: “Algunas cuentas invitan a moverse y a hacer dinámicas positivas, es más participativa y menos amenazante, ya que no tiene —por ahora— tanta agresividad”.

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  • Ponerles objetivos: El consumo termina siendo problemático cuando absorbe nuestro tiempo y atención hasta que, sin darnos cuenta, terminamos dedicando gran parte del día a abrir Twitter o Instagram sin que tengamos un motivo.

“Poner objetivos al uso de internet tiene muy buenos resultados”, comenta Garcés. Es decir, preguntarles —y aprovechar de preguntárselo a uno mismo— para qué quieres tener TikTok, qué es lo que buscas en YouTube. “Que verbalicen lo que quieren”, dice la educadora, “ayuda a que enfoquen más su uso”. Así es más probable que se metan a ellas para cosas necesarias y concretas —hablar con un amigo específico, jugar un juego, ver un episodio—, ojalá en momentos del día donde no se altere la rutina y por lapsos no tan extendidos.

  • Acordar normas: Lo ideal es que estos límites —de horario, de lugar, de contenido— sean consensuados previamente, y que las niñas y niños se sientan parte de ese acuerdo, que por supuesto es liderado y supervisado por los padres. “Por ejemplo”, dice González, “establecer qué cosas deben estar hechas previamente al uso del celular y las redes: las tareas, el orden, incluso salir a jugar afuera”.

 

  • No tener las claves: ¿Debo tener las claves de Instagram de mi hija? ¿Tendré que manejar, por si acaso, la contraseña de TikTok de mi hijo? “Si para el niño y los padres no es problema compartir contraseñas, se puede”, dice González, aunque no cree que sea necesario. “Eso significa que pueden entrar cuando quieran, lo que amenaza la privacidad, y lo que como padres queremos no es controlar sino supervisar”. Como decíamos antes, si hay mucho control, “terminará ocultando información, que es justamente lo que no buscamos”.

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  • Planificar el tiempo libre: Garcés recomienda planificar el tiempo libre, una vez a la semana.

“Sentarse y preguntarle qué le gusta. Lo que sea: dibujar, tocar música, leer, cocinar, jugar fútbol, juegos de mesa, etc. Con sus respuestas, llenar el tiempo libre con actividades no digitales, o incluso con algunas de ellas, como ver capítulos de series o alguna película”, dice. Tener el tiempo libre ocupado con actividades placenteras y recreativas ayuda a que no anden como zombies rebotando por las paredes cada vez que deben apagar sus celulares. “El tiempo que ocupan en las pantallas es bien vacío en términos de experiencias y son momentos perdidos para desarrollar otras habilidades”.

  • Dar el ejemplo: “Si queremos que los niños hagan otras cosas, entonces los adultos deben dar el ejemplo y no estar pegados a la tv o el celular todo el día”, dice Isadora González. Si se le imponen reglas o límites a los hijos, pero los padres no se los imponen a ellos mismos, “será muy difícil que ellos las apliquen. El niño o niña va a sentir frustración, ya que no se siente escuchado o que las normas no corren para todos”.

Y para cerrar, si vemos que nuestros hijos o hijas no están listos para tener redes sociales, pero el resto de sus compañeros o amigos sí las usan, no ceder a la presión. “A un niño o niña, finalmente, sus amigos la quieren por ser ella, no por tener Instagram”, explica Garcés.

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