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A raíz de lo de Rojas Vade: ¿Por qué mentimos?

“Cuando uno miente repetidamente, la respuesta de la amígdala va disminuyendo”, sostienen expertos, es decir, nos volvemos tolerantes a la mentira.

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9 Septiembre, 2021

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Los mentirosos no nacen, se hacen. De hecho los humanos aprendemos a mentir entre los dos y los cinco años, desde donde somos capaces de inventar cosas cada vez más complejas a medida que crecemos.

Para la neurociencia, mentir es una cualidad que se adquiere a través de la evolución y que responde a la necesidad de interactuar en un entorno complejo, por lo tanto a lo largo de nuestras vidas interactuamos con muchas mentiras: algunas inofensivas y otras no.

Sissela Bok, filósofa sueca, estudia las mentiras y sostiene que no todas son iguales, sino que hay distintos grados y mentirosos, por ejemplo: No es lo mismo inventar una realidad que exagerarla u omitir partes de una historia que inventarla por completo.

Por otro lado, la directora del Colegio de Psicólogos de Chile, Isabel Puga, apunta en La Tercera que una mentira hace daño cuando afecta la confianza, en cambio otras son aceptadas debido a patrones culturales, como decir: “estoy bien” cuando en verdad no lo estás.

Un mundo de mentiras

El psicólogo Robert Feldman sostiene que las personas mentimos en promedio 3 veces en 10 minutos de conversación, especialmente cuando estamos tratando de generar una imagen de nosotros frente a otros.

“Tendemos a retratarnos de una manera determinada frente a los demás, y eso muchas veces implica mentir. Es común mostrarnos exitosos y felices, cuando la realidad es que ninguna vida es perfecta”, señaló.

Otro punto relevante, es que con el tiempo las personas somos capaces de mentirnos a nosotros mismos, a través de la disonancia cognitiva.

Para resolver estas disonancias cognitivas, la psicóloga clínica Adriana Medina explica que hay cuatro posibles caminos:

  1. Ignorar el problema, engañarnos para hacernos creer que no es tal y que la contradicción no existe.
  2. Trivializar la disonancia al modificar alguna de las creencias , hacerlas más “superficiales” para que el choque entre ellas sea menor.
  3. Buscar una justificación, tratando de convencerse a uno mismo de que hay una razón para validar la inconsistencia.
  4. Generar un cambio real en la conducta que permita erradicar el malestar.

“Para nuestro cerebro es más fácil aceptar una mentira como verdad que modificar un comportamiento. El cambio es un proceso de mucho gasto y que además genera altos niveles de malestar”, comentó Medina.

Este tipo de motivos nos hacen optar por la alternativa que nos ahorre la mayor incomodidad –independiente de si eso implica autoengañarnos-.

“Cuando uno miente repetidamente, la respuesta de la amígdala va disminuyendo. El efecto concreto es que dejas de sentirte mal y vas generando una especie de tolerancia en la que el engaño ya no te genera una reacción fisiológica de incomodidad o malestar”, explicó Figueroa, es decir, nos volvemos tolerantes a la mentira.

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